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ASÍ, NO, Y CON DISPENDIO, AL MENOS, ES LAMENTABLE

Martes 26 de diciembre de 2017 por Antonio Naval

ASÍ, NO, Y CON DISPENDIO, AL MENOS, ES LAMENTABLE
Antonio NAVAL MAS

Publicado en el Diario del AltoAragón el día 5 de diciembre de 2017 con ocasión de la inauguración del salón Tanto Monta del Palacio Episcopal Viejo, en el Museo Diocesano de Huesca

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La apariencia, si distorsiona el original, es un fraude. El salón Tanto Monta en su apariencia actual es un sucedáneo muy aparente que poco tiene que ver con el original.
Después de casi quinientos años en que los sucesivos obispos lo fueron tratando con esmero, conservando la que ha sido pieza emblemática del Palacio viejo, y mejorándolo de acuerdo con sus criterios, en las últimas décadas el Tanto Monta experimentó un grave deterioro por ruin abandono. Ahora, los intervinientes, lo han rehecho como les ha venido en gana procurando, según todos los indicios, rentabilizar la adjudicación en subasta.
Desde el primer momento todos ellos sentenciaron de forma antojadiza lo que iban a hacer, sin la precaución de informarse ni voluntad de enmendar sus apreciaciones. El arquitecto ha sido Carlos Quintín. La techumbre, el alfarje, fue adjudicado a la empresa Rearasa, de Zamora, con Carlos Alfonso al frente de media docena de restauradoras. La supervisión ha sido llevada por Ana Carrasón, del Instituto del Patrimonio Cultural Español.
Fue un desastre que en el año 1992 fuera demolido el muro sur de este salón. Ha dado falso pie para, a posteriori, justificar el sinsentido de parte de lo que se ha hecho. El arquitecto en una exhibición de ignorancia y desprecio al patrimonio lo ha revestido de un carísimo estuco veneciano rojo, al calor, y lo ha enfundado con piedra negra pulida, debajo de la cual ha colocado un inútil hilo radiante, en un Museo de escasísima dotación. Este señor, que tenía que saber donde se metía antes de causar un desmesurado gasto, estaba en la obligación de informarse. El Museo lo que necesita son salas para exposición y espacio para almacenaje. El muro demolido debió reponerse sin duda posible. Afortunadamente Huesca tienen muchos salones para actividades culturales y audición. No necesita otro más, con discutibles posibilidades acústicas dada la longitud o profundidad actual.
El colectivo restaurador y particularmente la supervisora, fue advertida de todo ello así como de las peculiaridades de la techumbre, llamándole la atención sobre sus apreciaciones. El resultado ha sido que han presentado de la techumbre histórica justo la imagen que los antepasados quisieron ocultar por su acusado deterioro. Eso es lo que ahora es el histórico alfarje después de barnizarlo. La opción tiene tanto de pobreza de miras como de descoco. Para ello han eliminado cien metros lineales de arrocabes, (tablones de recubrimiento de jácenas) que de esa forma eludían limpiarlos. Estas piezas aunque hubieran sido del siglo XIX no tenían menos legitimidad a seguir estando en su lugar que las que con invento propio han añadido. Era a discutir la imagen con la que se debía de presentar actualmente el alfarje, al aparecer una jácena muy sugerente, pero su limitación profesional ni siquiera les permitió concluir que el remiendo alternativo al desastre previo del arquitecto era colocar estas piezas, a manera de friso, entre el estucado veneciano y la franja de conexión con la techumbre. Naturalmente tenían que dedicar bastante tiempo en limpiarlas y adecentarlas. Ahora cien metros de arrocabes están condenados a pudrirse en la bodega. De inferior calidad a alguna de las jácenas originales, los arrocabes merecían otro destino después de cuatrocientos años de existencia. Es decir, la empresa no ha terminado el trabajo pero se ha ido, y el interventor le ha pagado.
No menos grave es que en el alfarje han desparecido cuatro tabletas o tablitas del siglo XV con el emblema del obispo Espes, y una docena de planchas caladas de las dieciocho zapatas que han sido sustituidas por piezas con corte mecánico actual. No se sabe por qué estas sustituciones son más meritorias para estar allí que las de ascendencia centenaria, aunque alguna de ellas, solo alguna, fuera del siglo XIX, siglo denostado obsesivamente por estas profesionales.
El asunto del emblema, del mote, “Tanto Monta” es para ocultarlo por bochornoso. Empecinadas en que este mote era una adición reciente, ha quedado en su sitio por azar, solamente por azar. Por una vez, y muy tarde, la Comisión Provincial dijo que permanecería allí a pesar de la obstinación prevalente de los profesionales, por eliminarlas. Solo faltaba quitar ese detalle para que la techumbre no tuviera nada que ver ni con su apariencia original ni con la adquirida en el devenir de los tiempos. La solución dada a la ampliación del salón es un refrito que además de serlo pone de manifiesto cómo se ha actuado sin información, sin tener claro lo que se quería y sin hacer mucho por obtener una solución alternativa.
Todos los responsables, empezando por la propiedad, están en la obligación ineludible de que la empresa que obtuvo la adjudicación en subasta diga dónde están las piezas de madera desaparecidas, los anclajes y la tornillería. En cualquier taller si se cambia una pieza se le ofrece y muestra al propietario, que en este caso no podría haberla menospreciado. Son piezas que sin duda tienen algún valor económico, y en todo caso eran documentos para calibrar la datación de las partes y del conjunto, más después de las vacilaciones de los profesionales. Eliminar pruebas era la solución rastrera de evitar polémicas en apreciaciones en que ninguno de los intervinientes y responsables estaban seguros. Por el momento no hay rastro de estos elementos. La empresa tiene que devolver hasta el último clavo, porque son imprescindibles para el estudio de la techumbre y precisar el alcance del desaguisado.
En el salón se han invertido, además de lo hecho en los años ochenta y noventa del siglo pasado, más de 1.082.462 euros. El resultado ha sido presentar una imagen que el alfarje solo tuvo hasta que un obispo a principios del siglo XVII intentó mejorarla. Esto es más de 170 millones de pesetas invertidos con el visto bueno de los responsables e interventores de la administración del Estado.
Además hay que mencionar los 112.000 euros (Diario del Alto Aragón, 7 de diciembre de 2008) que según la responsable del Instituto del Patrimonio Histórico costó la elaboración del proyecto. Con ese dinero un doctorando podría hacer una tesis al borde de ser candidata a premio Nobel. De ese trabajo se conocen 48 folios, incluidas fotografías, subidos a la red donde pueden ser modificados en cualquier momento. Con aquel otro dinero se podía haber hecho un trabajo de restauración referencial. Con unos 120 milllones de pesetas (con parcial participación de la DGA en 2002) y la inapreciable colaboración de la Escuela Taller del Ayuntamiento de Huesca abrimos cuatro salas en el Museo Diocesano. El criterio fue respetar al máximo lo original diseñando muebles para cada pieza evitando así clavar un solo anclaje en los muros. El respeto llegó hasta impedir que fuera demolida la Parroquieta, que estaba sentenciada por ser del siglo XIX. No parece que estos criterios estén al alcance de los restauradores que se presentaron como profesionales.
El salón, con imagen distinta a la apariencia actual, fue declarado Bien de la Humanidad el 14 diciembre de 2001 como parte de un listado mucho más amplio. Actualmente está más cerca de ser una reformulación de una obra histórica que una recuperación y, si se pretende que sea una referencia, lo es de lo que no se debe hacer.


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