Lo que queda del histórico monasterio Sigena, es documento de la altivez de las dueñas y la religiosidad de una comunidad. Denuncia la indiferencia de muchos, la barbarie de unos libertarios, el olvido de los vecinos y el desdén secular de una sociedad.
[Publicado como consideración final del capítulo dedicado al Real Monasterio, en «Patrimonio Emigrado» (1999)
https://antonionavalmas.net/patrimonio-emigrado/]
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A MANERA DE EPITAFIO
Sigena es lo que querríamos que no hubiera sido. Por eso, motivado por un cierto sentimiento de tardía corresponsabilidad, el creciente interés social, siempre plausible, conlleva algo de imposible deseo de enmendar lo irremediable. En el trasfondo hay una historia de altivez, minusvaloración, y mucha desidia.
La peculiar comunidad de Sigena, durante siglos, vivió con envidiables holguras que explican, al menos, indiferencias colectivas en el próximo entorno. La explicación, sin embargo, no es justificación a que un pueblo y una comarca, las gentes de estas tierras y la administración aragonesa, ajena al sentido de la historia, hayan permanecido insensibles a un desenlace que se vino anunciando durante muchas décadas. Ahora las evidencias hieren y la necesidad de acallarlas condicionan las actuaciones sustitutorias.
Sigena es el esplendor de un monasterio formado por religiosas seleccionadas, y la fecundidad de unas mentes cultivadas hasta el refinamiento. Ahora no hay ni reinas ni princesas, ni siquiera residuos de la comunidad histórica, el edificio esta desmantelado hasta la desolación y el panteón real sin reyes. Esta es la historia completa de Sigena, la altivez de las dueñas, la religiosidad de una comunidad, la indiferencia de muchos, la barbarie de unos libertarios, el olvido de los vecinos y el desdén secular de una sociedad.
El eclipse del monasterio fue lento, quizá en ineludible relación a la vitalidad que lo había mantenido, por eso, su caída puede considerarse tan estrepitosa como sonada fue su existencia. Su, reiteradamente, cantada decadencia y la no evitada desaparición ahora golpea a toda una sociedad, de allí que el peculiar interés surgido tiene bastante de desfasado. Es la sutil dialéctica de la muerte y la vida.
Lo que fue, ha sido, y lo que no se hizo a tiempo, tiene unas consecuencias que hay que asumir y que solo incurriendo en otro error se puede pretender ignorar. Ahora, una restauración de mantenimiento puede ser tan errónea como errónea ha sido la indiferencia de los últimos tiempos, si se pretende borrar sombras y reformular los restos de forma que ante generaciones venideras aparezca, no como ha sido, sino como nos gustaría que hubiera sido, no de lo que ha pasado sino de lo que nos gustaría que no hubiera sucedido. Sigena debe quedar para el futuro como sombra de una creatividad y como huella de una Guerra, como residuo de un esplendor y como advertencia ante una indiferencia. Como signo de las posibilidades creativas de la mente humana, y como llamada de atención a la pereza esterilizante en que un colectivo social, la iglesia, puede sumergirse.
Solo asumiendo así la historia tiene sentido el lamento por lo sucedido y el grito por la reivindicación tardía, la censura por el abandono, y la petición para que no se desintegren los residuos hasta la desaparición. El final también forma parte de un monumento, y la historia, agonía y muerte de este monumento forman parte de un pueblo y una comarca, de un colectivo social y de lo que queda de un viejo reino.
Si Sigena tiene la oportunidad de pervivir como monasterio, y ahora la tiene, esta opción debe facilitarse. Esto, a costa de ceder en pretendidos derechos sociales reclamados sobre el monumento, nunca merecidos dado su final y, por supuesto, evitando estrangular un rebrote de vida religiosa, la que dio razón de ser al conjunto, y la que fue pretexto para la vanagloria de un pueblo y una comarca, de las gentes de una tierra y del viejo reino de Aragón.
