Tanto Monta: Así, no, y con dispendio, al menos, es lamentable
L A APARIENCIA, si distorsiona el original, es un fraude. El salón Tanto Monta en su apariencia actual es un sucedáneo muy aparente que poco tiene que ver con el original. Después de casi quinientos años en que los sucesivos obispos lo fueron tratando con esmero, conservando la que ha sido pieza emblemática del Palacio viejo, y mejorándolo de acuerdo con sus criterios, en las últimas décadas el Tanto Monta experimentó un grave deterioro por ruin abandono.
Ahora, los intervinientes lo han rehecho como les ha venido en gana procurando, según todos los indicios, rentabilizar la adjudicación en subasta. Desde el primer momento todos ellos sentenciaron de forma antojadiza lo que iban a hacer, sin la precaución de informarse ni voluntad de enmendar sus apreciaciones. El arquitecto ha sido Carlos Quintín. La techumbre, el alfarje, fue adjudicado a la empresa Rearasa, de Zamora, con Carlos Alfonso al frente de media docena de restauradoras. La supervisión ha sido llevada por Ana Carrasón, del Instituto del Patrimonio Cultural Español.
Fue un desastre que en el año 1992 fuera demolido el muro sur de este salón. Ha dado falso pie para, a posteriori, justificar el sinsentido de parte de lo que se ha hecho. El arquitecto, en una exhibición de ignorancia y desprecio al patrimonio, lo ha revestido de un carísimo estuco veneciano rojo, al calor, y lo ha enfundado con piedra negra pulida, debajo de la cual ha colocado un inútil hilo radiante, en un Museo de escasísima dotación. Este señor, que tenía que saber dónde se metía antes de causar un desmesurado gasto, estaba en la obligación de informarse. El Museo lo que necesita son salas para exposición y espacio para almacenaje.
El muro demolido debió reponerse sin duda posible. Afortunadamente, Huesca tienen muchos salones para actividades culturales y audición. No necesita otro más, con discutibles posibilidades acústicas, dada la longitud o profundidad actual. El colectivo restaurador, y particularmente la supervisora, fue advertida de todo ello así como de las peculiaridades de la techumbre, llamándole la atención sobre sus apreciaciones. El resultado ha sido que han presentado de la techumbre histórica justo la imagen que los antepasados quisieron ocultar por su acusado deterioro. Eso es lo que ahora es el histórico alfarje después de barnizarlo. La opción tiene tanto de pobreza de miras como de descoco. Para ello, han eliminado cien metros lineales de arrocabes (tablones de recubrimiento de jácenas), que de esa forma eludían limpiarlos. Estas piezas, aunque hubieran sido del siglo XIX, no tenían menos legitimidad a seguir estando en su lugar que las que con invento propio han añadido.
Era a discutir la imagen con la que se debía de presentar actualmente el alfarje, al aparecer una jácena muy sugerente, pero su limitación profesional ni siquiera les permitió concluir que el remiendo alternativo al desastre previo del arquitecto era colocar estas piezas, a manera de friso, entre el estucado veneciano y la franja de conexión con la techumbre. Naturalmente tenían que dedicar bastante tiempo en limpiarlas y adecentarlas. Ahora cien metros de arrocabes están condenados a pudrirse en la bodega. De inferior calidad a alguna de las jácenas originales, los arrocabes merecían otro destino después de cuatrocientos años de existencia. Es decir, la empresa no ha terminado el trabajo pero se ha ido, y el interventor le ha pagado. No menos grave es que en el alfarje han desparecido cuatro tabletas o tablitas del siglo XV con el emblema del obispo Espes, y una docena de planchas caladas de las dieciocho zapatas, que han sido sustituidas por piezas con corte mecánico actual. No se sabe por qué estas sustituciones son más meritorias para estar allí que las de ascendencia centenaria, aunque alguna de ellas, sólo alguna, fuera del siglo XIX, siglo denostado obsesivamente por estas profesionales.
El asunto del emblema, del mote, “Tanto Monta”, es para ocultarlo por bochornoso. Empecinadas en que este mote era una adición reciente, ha quedado en su sitio por azar, solamente por azar. Por una vez, y muy tarde, la Comisión Provincial dijo que permanecería allí a pesar de la obstinación prevalente de los profesionales por eliminarlas. Sólo faltaba quitar ese detalle para que la techumbre no tuviera nada que ver ni con su apariencia original ni con la adquirida en el devenir de los tiempos.
La solución dada a la ampliación del salón es un refrito que además de serlo pone de manifiesto cómo se ha actuado sin información, sin tener claro lo que se quería y sin hacer mucho por obtener una solución alternativa. Todos los responsables, empezando por la propiedad, están en la obligación ineludible de que la empresa que obtuvo la adjudicación en subasta diga dónde están las piezas de madera desaparecidas, los anclajes y la tornillería. En cualquier taller, si se cambia una pieza, se le ofrece y muestra al propietario, que en este caso no podría haberla menospreciado. Son piezas que sin duda tienen algún valor económico, y en todo caso eran documentos para calibrar la datación de las partes y del conjunto, más después de las vacilaciones de los profesionales. Eliminar pruebas era la solución rastrera de evitar polémicas en apreciaciones en que ninguno de los intervinientes y responsables estaban seguros. Por el momento, no hay rastro de estos elementos. La empresa tiene que devolver hasta el último clavo, porque son imprescindibles para el estudio de la techumbre y precisar el alcance del desaguisado.
En el salón se han invertido, además de lo hecho en los años ochenta y noventa del siglo pasado, más de 1.082.462 euros. El resultado ha sido presentar una imagen que el alfarje sólo tuvo hasta que un obispo a principios del siglo XVII intentó mejorarla. Esto es más de 170 millones de pesetas invertidos con el visto bueno de los responsables e interventores de la administración del Estado. Además hay que mencionar los 112.000 euros (Diario del Alto Aragón, 7 de diciembre de 2008) que, según la responsable del Instituto del Patrimonio Histórico, costó la elaboración del proyecto. Con ese dinero un doctorando podría hacer una tesis al borde de ser candidata a premio Nobel. De ese trabajo se conocen 48 folios, incluidas fotografías, subidos a la red, donde pueden ser modificados en cualquier momento. Con aquel otro dinero se podía haber hecho un trabajo de restauración referencial. Con unos 120 milllones de pesetas (con parcial participación de la DGA en 2002) y la inapreciable colaboración de la Escuela Taller del Ayuntamiento de Huesca abrimos cuatro salas en el Museo Diocesano. El criterio fue respetar al máximo lo original diseñando muebles para cada pieza evitando así clavar un solo anclaje en los muros. El respeto llegó hasta impedir que fuera demolida la Parroquieta, que estaba sentenciada por ser del siglo XIX. No parece que estos criterios estén al alcance de los restauradores que se presentaron como profesionales.
El salón, con imagen distinta a la apariencia actual, fue declarado Bien de la Humanidad el 14 diciembre de 2001 como parte de un listado mucho más amplio. Actualmente está más cerca de ser una reformulación de una obra histórica que una recuperación y, si se pretende que sea una referencia lo es de lo que no se debe hacer

Aspecto del alfarje tras la intervención de 2016

Aspecto del alfarje cuando fue protegido como BIC e incluido en la lista de obras declaradas Patrimonio de la Humanidad

Arriba: aspecto original de las zapatas
Abajo: aspecto actual tras la eliminación de dos tablillas y cambio de planchas caladas

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Tanto Monta: refrito aderezado con bastante barniz
Antonio NAVAL MAS
Publicado en el Diario del AltoAragón el día 13 de febrero de 2018
Han pasado más de dos meses desde la inauguración del Salón y no parece que haya ningún movimiento por el rescate de piezas perdidas relacionadas con las anomalías detectadas en la intervención. La propiedad, en este caso el obispado, tiene la obligación de custodiar y mantener su patrimonio que no es exclusivamente suyo sino el de toda la sociedad civil. Como cualquier investigador a la hora de querer aclarar el valor histórico de la techumbre del salón Tanto Monta, constaté que no había ni una sola astilla de las maderas quitadas, ni ninguno de los clavos o tornillos de las diferentes épocas. Han desaparecido las piezas eliminadas, algunas del siglo XV. Nadie se había percatado. Ante este hecho, insisto, es difícil entender otra cosa que un intento de ocultar pruebas pues desde el primer momento la supervisora de la intervención y el colectivo de restauradores de la empresa adjudicataria demostraron no saber con qué pieza estaban trabajando ni tener las cosas claras. En la intervención del alfarje y desaparición del material, la dirección del Museo ha manifestado dejación en su cometido. Decir que las piezas no aparecen o que no se sabe dónde las dejaron, sonará a tomadura de pelo, y resultará chungo si al próximo investigador interesado en aclarar la gestación, evolución y valoración del alfarje, se le llega a decir que llame a Zamora y pregunte a la empresa a la que fue adjudicada la restauración. La Administración autonómica tiene por la ley 16/85 y estatuto un papel subsidiario con respecto al deterioro del Patrimonio.
Al desastre causado en la intervención no se puede añadir ahora la despreocupación en preservar los datos que permitirán recomponer el destrozo. No será la primera vez que no es posible encontrar en los archivos de la DGA memorias de arqueología y restauración porque nunca llegaron. Con respecto a la desaparición de las piezas del Tanto Monta lo más suave que se puede decir es que ha habido una sustracción por personal relacionado, al menos indirectamente, con el IPCE. Es inexcusable la denuncia. Por menos de lo sucedido con el Tanto Monta en Huesca, a doña Cecilia de Borja le armaron un Tiberio por dejar sin terminar un Ecce Homo, haberlo alterado caprichosamente, y sacar de contexto la valoración estética, el tratamiento y los resultados. Esta pintura mural era una obra menor y solo tenía unos centímetros. En el caso del Tanto Monta es un técnico supervisor del Instituto del Patrimonio Cultural Español quien ha permitido exactamente lo mismo en una pieza de 240 metros cuadrados, cuyo aspecto original y transformación histórica han sido caprichosamente interpretadas, la intervención superficialmente afrontada, y la entrega de obra se ha realizado sin haberla terminado, pues a esos metros cuadrados hay que añadir 18 arrocabes (tablones) de ocho metros lineales cada uno, y al menos cuatrocientos años de antigüedad abandonados a su propia suerte en una bodega (si es allí donde están todos). Los restauradores habían constatado que antes de la tornillería del siglo XIX que quitaron, estas piezas habían estado unidas a las jácenas por clavos de forja. Hay que hacer un esfuerzo para desechar que ha habido mala fe en la eliminación de las piezas desaparecidas con sustracción de pruebas. En este momento no sería suficiente que desde la empresa Rearasa de Zamora se enviara por mensajería un cajón con unas cuantas maderas, unos cuantos tornillos y unos clavos previamente seleccionados para enjugar el entuerto. Faltan cuatro tablitas con el emblema de obispo Espes y una docena de planchas de las dieciocho zapatas. Varias decenas de tornillos de 56 centímetros de longitud y 25 milímetros de diámetro no se cuelan por despiste en la caja de herramientas.
Es por otra parte ineludible exigir a la supervisora del IPCE la presentación de la memoria con inclusión de mapas con concreción de diagnosis y localización de eliminaciones. Para bochorno de todos hay que volver a recordar que la techumbre no solo estaba protegida como BIC sino que está inventariada como Patrimonio de la Humanidad formando parte de una amplia lista elevada a la Unesco con ocasión del año del arte mudéjar. El aspecto actual del alfarje poco tiene que ver con la imagen con la que se hizo tal petición. Lo coherente sería que la DGA la sacara de ese listado. Con ocasión del montaje del Museo Diocesano nos tocó, en el 2002, enmendar el desastre de la fragmentación y maltrato de la sillería de la Catedral (siglo XVI) realizados en 1969 por la Dirección General de Arquitectura del Ministerio. Desde la misma posición la Propiedad y el Museo, como consecuencia de una desmesurada confianza, más bien desidia, tiene la obligación de enmendar este otro desaguisado


Parte del material devuelto por la empresa restauradora
VER también
https://www.antonionavalmas.net/spip.php?article91
En el informe de restauración redactado por Rearasa, de Zamora, (13-X-2017) se dice que el azul, índigo, es del XV y los barnices del XVII. Consiguientemente las letras no pueden ser del siglo XIX, razón en todo caso inconsistente por la que quisieron eliminarlas.

Apariencia original en 2002

Imagen de 2016, quitadas las letras

Aspecto como resultado de la intervención en 2018
VER rehabilitación Salón:
https://www.antonionavalmas.net/spip.php?article91&var_mode=recalcul
VER también:
https://www.antonionavalmas.net/spip.php?article94 pp122-126
